Ingredientes para saber envejecer

Ingredientes para saber envejecer

Si hay algo bastante útil en que podemos invertir parte de nuestro tiempo, es para prepararnos a envejecer. Digo “invertir” y nó “gastar”, porque con el paso del tiempo nos daremos cuenta de los beneficios de haber hecho esta inversión.  El tiempo avanza y nos va dejando huellas, como lo vemos cuando nos miramos al espejo: nuestro cuerpo nos está enviando señales que es tiempo de agradecer lo vivido y de prepararnos para hacer nuestro  futuro bueno y llevadero.

Este propósito es como la preparación de una gran cena, para la cual es indispensable conocer los ingredientes y sus proporciones. ¿ Y qué mejor cena que nuestra vejez, para prepararla con un aroma que cautive, una apariencia que atraiga y que tenga además, un sabor que motive a volver a consumirla? Veamos entonces algunos ingredientes que están dentro de nosotros mismos.

Cuida tu presentación personal. ¡No le hagas el quite a la ducha, aunque te sientas desganado o incluso algo resfriado: no huelas a “viejo”! Ducharse tiene grandes efectos positivos sobre la salud, no solo como una medida de higiene, sino también como un energizante natural. Y después de la ducha, arréglate, usa esa ropa que guardas para una ocasión especial : ¿qué mejor ocasión que estar vivo y conciente?

Cuida tus pies, tanto como tus manos. Son partes del cuerpo a las que poca atención prestamos y de las cuales nos acordamos solo cuando hay molestia o dolor. Reciben día a día el peso de nuestra humanidad y , sin ellos, perderíamos el equilibrio y más aún, el caminar. Lávalos a diario, sécalos con prolijidad y elige calzado en que prime lo cómodo y flexible por sobre lo estético. Huméctalos, ojalá junto a masajes.

No te encierres en la casa y menos en tu habitación. Busca pretextos para salir, recordando el consejo: “compra los huevos de a uno”. Si no tienes motivos, invéntalos, aunque solo sea para pasear y contemplar el juego de las nubes, tomar contacto con la Naturaleza y también con otras personas. Esto demanda por cierto un ejercicio físico, siempre conveniente, por lo que es bueno asignarle un horario como parte de tu  rutina diaria.

Más zapatillas, menos pastillas. Realizar ejercicio es la mejor inversión para nuestro organismo, porque disminuye el riesgo de patologías y por consiguiente, del uso de pastillas. No tienen necesariamente que ser gimnásticos,  igualmente útiles pueden ser caminar, trotar, bailar con o sin compañía, practicar yoga o retomar la bicicleta.

Evita actitudes de viejo abrumado. Camina con una actitud vital y de apertura, en forma erguida, sin arrastrar los pies ni menos mirando al suelo. Esto demanda un esfuerzo, es cierto, pero vale la pena en términos de apariencia y de autoestima.

Muéstrate atractivo para los demás: si te ves normalmente malhumorado o enojado, o tu conversación gira en torno a enfermedades o achaques, vas a resultar una compañía poco grata para el prójimo e, incluso, para tus seres queridos.

Sé útil a ti mismo y a los otros. Mantén una actitud proactiva en el sentido de ayudarte, haciendo mejoras en tu casa, manteniendo ornamentado tu patio o jardín, o proyectándote hacia otros, dando una receta de cocina o ayudando en el traslado de tus nietos. Busca hacer cosas que te gusten y ten la apertura necesaria como para buscar nuevas actividades, que alteren tus rutinas de años.

Cultiva el optimismo. La edad es un tema de actitud. Prefiere ver siempre la mitad del vaso lleno, porque aquello a lo que le prestas especial atención termina por engrandecerse. En forma similar, si estás pendiente de la mitad del vaso vacía, vas a notar cada vez más lo negativo. Está comprobado que el optimismo está correlacionado con una sensación de mayor satisfacción y bienestar general en las personas.

Trabaja con tus manos y con tu mente. El trabajo te mantiene activo y saberse haciendo algo útil, indudablemente favorece la autoestima. Siempre hay personas o agrupaciones que necesitan manos y una actitud de colaboración. Participa entonces en actividades útiles, prestando tus servicios en hospitales, fundaciones, iglesias, todo lo cual te demandará además ejercicio físico, contactarás a otras personas y ampliará tus horizontes.

Mantén vivas y cordiales las relaciones humanas. Si tus hijos o nietos no tienen tiempo suficiente para visitarte, ¡visítalos tú! No te quedes esperando a que siempre sean ellos los que te “deben” visitar. Si tienes tiempo, ocúpalo en compartir con otros y qué mejor que hacerlo con aquellos que quieres. Escribe, llama o visita a tus amigos, actuales o antiguos: la amistad, igual que una planta, necesita cuidados. Sé tolerante, podemos estar de acuerdo en no estar siempre de acuerdo, la idea muchas veces es solamente conversar y no tratar de convencer a otros de nuestra postura. Aprende también a escuchar. Según los árabes: “Alá me dió dos ojos, dos orejas y solo una boca. Ello me indica que debo ver y escuchar dos veces por cada vez que hablo.” 

Actualízate y valora los tiempo de hoy. No digas: “En mi época todo era distinto; ¡cómo han cambiado las cosas!”, asumiendo que todo tiempo pasado fue mejor. Esto no es necesariamente cierto.¿Cómo puede haber sido mejor aceptar la esclavitud, quemar vivo un sabio porque sus descubrimientos contrariaban dogmas religiosos o tratar a  la mujer como alguien subalterno en la sociedad, casi un objeto de adorno? El tiempo actual es de tus hijos y nietos, pero también tuyo, si te lo propones. Mira el futuro con optimismo, ponte nuevas metas, haz planes y sueña. En otros términos: ¡vive!

Estos son algunos ingredientes indispensables para nuestra gran cena…¿cuáles aportas tú?

Por: Mónica Oviedo Psicóloga en colaboración con Alejandro Sandoval Ingeniero Civil